ASTEROIDES |
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Cada planeta, con una única excepción, se halla de alguna forma entre 1,3 y 2,0 veces tan alejado del Sol en relación al siguiente planeta más cercano. La única excepción es Júpiter, el quinto planeta: se halla 3,4 veces más alejado del Sol de lo que lo está Marte, el cuarto planeta. Este extraordinario hueco intrigó a los astrónomos tras el descubrimiento de Urano (en aquel momento, la posibilidad de nuevos planetas se hizo excitante). ¿Podría existir un planeta en el hueco, un planeta 4,5, por así decirlo, uno que se nos haya escapado durante todo este tiempo? Un astrónomo alemán, Heinrich W. M. Olbers, dirigió un grupo que planeaba comprometerse en una búsqueda sistemática del cielo tras un planeta de este tipo. Mientras efectuaban sus preparativos, un astrónomo italiano, Giuseppe Piazzi, que observaba los cielos sin pensar en absoluto en nuevos planetas, localizó un objetivo que variaba de posición de un día al siguiente. Dada la velocidad de su movimiento, parecía encontrarse en algún lugar entre Marte y Júpiter; y según su poca luminosidad, tenía que ser muy pequeño. Se efectuó el descubrimiento el 1 de enero de 1801, el primer día de un nuevo siglo. Según las observaciones de Piazzi, el matemático alemán Johann K. F. Gauss fue capaz de calcular la órbita del objeto, y en efecto, se trató de un nuevo planeta con una órbita que se encontraba entre la de Marte y la de Júpiter, exactamente donde debía de haberse efectuado la distribución de los planetas. Piazzi, que había estado trabajando en Sicilia, llamó al nuevo planeta Ceres, según la diosa romana del trigo, que había estado particularmente asociada con la isla. Dado su poco brillo y distancia, se calculó que Ceres debía ser asimismo muy pequeño, más pequeño que cualquier otro planeta. Las últimas cifras muestran que tiene 1.025 kilómetros de diámetro. Probablemente, Ceres posee una masa de sólo un quinto de la de nuestra Luna, y es mucho más pequeño que los satélites mayores. No parecía posible que Ceres fuese todo lo que había allí en el hueco entre Marte y Júpiter, por lo que Olbers continuó la búsqueda a pesar del descubrimiento de Piazzi. En 1807, fueron descubiertos tres planetas más en ese hueco. Se les llamó Palas, Juno y Vesta, y cada uno de ellos resultó más pequeño que Ceres. Juno, el menor, tal vez sólo tenga unos 100 kilómetros de diámetro. Esos nuevos planetas son tan pequeños que, incluso con el mejor telescopio de la época, no mostraban disco. Seguían siendo puntos de luz, al igual que las estrellas. En realidad, por esta razón, Herschel sugirió llamarles asteroides ("parecidos a estrellas"), y la sugerencia fue adoptada. No fue hasta 1845 cuando un astrónomo alemán, Karl L. Hencke, descubrió un quinto asteroide, al que llamó Astrea; pero, a continuación, se fueron sucediendo de una manera firme los descubrimientos. En la actualidad, se han detectado unos 1.600 asteroides, cada uno de ellos considerablemente menor que Ceres, el primero en ser encontrado; e, indudablemente, quedan aún millares más por detectar. Casi todos se encuentran en el hueco existente entre Marte y Júpiter, una zona que ahora se denomina cinturón de asteroides. ¿Por qué existen los asteroides? Ya muy pronto, cuando sólo se conocían cuatro de ellos, Olbers sugirió que eran los restos de un planeta que había estallado. Sin embargo, los astrónomos se muestran dudosos acerca de esta posibilidad. Consideran más probable que el planeta nunca llegara a formarse, mientras que en otras regiones la materia de la nebulosa original, gradualmente, se soldó en planetesimales (el equivalente a asteroides) y éstos en planetas individuales (con estos últimos dejando al unirse sus marcas como cráteres), pero en el cinturón de asteroides esta unión no pasó nunca del estadio planetesimal. La creencia general es que el responsable de esto es el perturbador efecto del gigante Júpiter. En 1866, ya se habían descubierto los suficientes asteroides para mostrar que no se hallaban esparcidos al acaso en el hueco. Había regiones donde las órbitas asteroidales se hallaban ausentes. No había asteroides a una distancia promedia del Sol de 380 millones de kilómetros, o 450 millones de kilómetros, o 500 millones de kilómetros, o 560 millones de kilómetros. Un astrónomo estadounidense, Daniel Kirkwood, sugirió en 1866 que en esas órbitas, los asteroides girarían en torno del Sol en un periodo que era una fracción simple de la de Júpiter. Bajo tales condiciones, el efecto perturbador de Júpiter sería desacostumbradamente grande, y cualquier asteroide que girase por allí se vería forzado, o bien a acercarse más al Sol o a alejarse más de él. Esos huecos de Kirkwood dejaban claro que la influencia de Júpiter era penetrante y podía impedir la solidificación. Más tarde se hizo clara una conexión aún más íntima entre Júpiter y los asteroides. En 1906, un astrónomo alemán, Max Wolf, descubrió el asteroide 588. Era inusual, puesto que se movía con una sorprendente baja velocidad y, por lo tanto, se encontraba muy alejado del Sol. En realidad, era el asteroide más alejado de los descubiertos. Se le llamó Aquiles, por el héroe de los griegos en la guerra de Troya. (Aunque, por lo general, se ha dado a los asteroides nombres femeninos, los que poseen órbitas desacostumbradas han recibido nombres masculinos.) Una cuidadosa observación mostró que Aquiles se movía en la órbita de Júpiter, 60 grados por delante del mismo. Antes de que el año concluyera, se descubrió el asteroide 617 en la órbita de Júpiter, 60 grados por detrás de Júpiter, y se le llamó Patroclo, por el amigo de Aquiles en la Ilíada de Homero. Se han descubierto otros asteroides que forman un grupo en torno de cada uno de ellos y que han recibido nombres de héroes de la guerra troyana. Fue el primer caso del descubrimiento de auténticos ejemplos de estabilidad, cuando se encontraron tres cuerpos en los vértices de un triángulo equilátero. A esta situación se la denominó posiciones troyanas, y a los asteroides asteroides troyanos. Aquiles y su grupo ocupan la posición L-4, y Patroclo y su grupo la posición L-5. Los satélites exteriores de Júpiter, que parecen satélites capturados, es posible que en un tiempo fuesen asteroides troyanos. El satélite exterior de Saturno, Febe, y el satélite exterior de Neptuno, Nereida, pueden, concebiblemente, haber sido también satélites capturados, una indicación de que, por lo menos, existe un esparcimiento de asteroides en las regiones de más allá de Júpiter. Tal vez, originariamente, se encontraban en el cinturón de asteroides y, a través de perturbaciones particulares, se vieron forzados hacia delante y luego, llegado el momento, fueron capturados por un planeta en particular. Por ejemplo, en 1920, Baade descubrió el asteroide 944, al que llamó Hidalgo. Cuando se calculó su órbita, se descubrió que este asteroide se movía mucho más allá de Júpiter, y que tenía un periodo orbital de 13,7 años, tres veces más que el asteroide medio e incluso más largo que el de Júpiter. Tiene una elevada excentricidad orbitaria de 0,66. En el perihelio se encuentra sólo a 300 millones de kilómetros del Sol, por lo que se halla claramente dentro del cinturón de asteroides en ese momento. Sin embargo, en el afelio, se halla a 1.475 millones de kilómetros del Sol, tan lejos entonces del Sol como Saturno. La órbita de Hidalgo, sin embargo, esta inclinada, por lo que en el afelio se encuentra muy por debajo de Saturno, y no existe peligro en que sea capturado, pero cualquier satélite en una órbita tan alejada estaría muy cerca de Saturno y llegado el momento sería capturado por éste o por cualquier otro de los planetas exteriores. ¿No podría ser que un asteroide se viese tan afectado por perturbaciones gravitatorias, que le hiciesen tomar una órbita más allá del cinturón de asteroides durante todo el tiempo? En 1977, el astrónomo norteamericano Charles Kowall detectó un leve puntito de luz que se movía contra el fondo de las estrellas, pero sólo a una tercera parte de la velocidad de Júpiter. Tenía que hallarse en el exterior de la órbita de Júpiter. Kowall lo siguió durante cierto número de días, elaborando su órbita aproximada, y luego comenzó a buscarlo en unas viejas placas fotográficas. Lo localizó en unas treinta placas, una de las cuales databa de 1895, con lo que tuvo suficientes posiciones para calcular una órbita exacta. Se trataba de un asteroide de cierto tamaño, tal vez de 200 kilómetros de diámetro. Cuando se halla más cerca del Sol, se encuentra tan próximo del astro como lo está Saturno. En el extremo opuesto de su órbita, se aleja tanto del Sol como Urano. Parece hacer de lanzadera entre Saturno y Urano, aunque a causa de que su órbita está inclinada, no se aproxima demasiado a ninguno de los dos. Kowall le llamó Quirón, por uno de los centauros (mitad hombre, mitad caballo, en los mitos griegos). Su período de revolución es de 50,7 años.
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