COMETAS |
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Esta clase de miembros del Sistema Solar, puede, llegada la ocasión, aproximarse mucho al Sol. A nuestros ojos parecen objetos neblinosos y de débil luminosidad que se extienden a través del espacio. En efecto, los antiguos griegos les llamaron aster kometes ("estrellas melenudas"), y todavía hoy seguimos llamándoles cometas. A diferencia de las estrellas y de los planetas, los cometas no parecen seguir unas pistas fácilmente previsibles, sino ir y venir sin orden ni regularidad. Dado que la gente en los días pre-científicos creía que las estrellas y los planetas influían en los seres humanos, las erráticas idas y venidas de los cometas parecían asociadas con cosas erráticas de la vida: con desastres inesperados. En 1682, había aparecido un cometa, y Edmund Halley, un amigo de Newton, observó su camino a través del cielo. Al repasar otros avistamientos anteriores, pensó que los cometas de 1456, 1531 y 1607 habían seguido un camino parecido. Estos cometas se habían presentado a intervalos de setenta y cinco o setenta y seis años.
Otros cometas han visto calculadas sus órbitas. Se trata todos ellos de cometas de breves períodos, cuyas órbitas completas se encuentran dentro del sistema planetario. Así, el cometa Halley, en su perihelio, se halla sólo a 90.000.000 de kilómetros del Sol. En el afelio, se halla a 5.400.000.000 kilómetros del Sol, y más allá de la órbita de Neptuno. El cometa con una órbita menor es el cometa Encke, que gira en torno del Sol en 3,3 años. En su perihelio, se halla a 52.000.000 kilómetros del Sol, rivalizando con la aproximación de Mercurio. En el afelio, se encuentra a 627.000.000 de kilómetros del Sol, y dentro de los últimos límites del cinturón de asteroides. Es el único cometa que conocemos cuya órbita se encuentra enteramente dentro de la de Júpiter. Sin embargo, los cometas de largo período, tienen afelios más allá del sistema planetario y vuelven a los límites interiores del Sistema Solar sólo cada un millón de años, más o menos. En 1973, el astrónomo checo Lajos Kohoutek descubrió un nuevo cometa que, al prometer ser extraordinariamente brillante (pero no lo fue), suscitó un gran interés. En su perihelio se hallaba a sólo 38.500.000 kilómetros del Sol, más cerca de como lo hace Mercurio. Sin embargo, en el afelio (si el cálculo orbitario es correcto), retrocede hasta unos 513.000.000.000 de kilómietros, o 120 veces más lejos del Sol de como se encuentra Neptuno. El cometa Kohoutek completaría una revolución en tomo del Sol en 217.000 años. Indudablemente, existen otros cometas cuyas órbitas son aún mayores. En 1950, Oort sugirió que, en una región que se extiende hacia fuera desde el Sol de 6 a 12 billones de kilómetros (25 veces más lejos de como se encuentra el cometa Kohoutek en el afelio), existen 100 mil millones de pequeños cuerpos con diámetros que son, en su mayor parte, de 800 metros a 8 kilómetros de longitud. Este material es una especie de capa cometaria dejada por la nube originaria de polvo y gas que se condensaron hace cinco mil millones de años para formar el Sistema Solar. Los cometas difieren de los asteroides en que, mientras estos últimos son de naturaleza rocosa, los primeros están formados principalmente por materiales helados, que son tan sólidos como las rocas en su extraordinaria distancia del Sol, pero que se evaporarían con facilidad si se encontrasen más cerca de una fuente de calor. (El astrónomo norteamericano Fred Lawrence Whipple fue el primero en sugerir, en 1949, que los cometas son esencialmente objetos helados con tal vez un núcleo rocoso o con gravilla distribuida por todas partes. A esto se le conoce popularmente como teoría de la bola de nieve.) Ordinariamente, los cometas permanecen en sus alejados hogares, girando lentamente en torno del distante Sol con períodos de revolución de millones de años. De vez en cuando, sin embargo, a causa de colisiones o por la influencia gravitatoria de algunas de las estrellas más cercanas, algunos cometas aumentan la velocidad en su muy lenta revolución alrededor del Sol y abandonan el Sistema Solar. Otros se enlentecen y se mueven hacia el Sol, rodeándole y regresando a su posición original, y luego regresan de nuevo. Tales cometas son vistos cuando (y si) entran en el Sistema Solar interior y pasan cerca de la Tierra. A causa de que los cometas se originan en una capa esférica, pueden presentarse en el Sistema Solar en cualquier ángulo, y es probable que se muevan en dirección retrógrada, así como en otra dirección. El cometa Halley, por ejempío, se mueve en dirección retrógrada. Una vez un cometa entra en el Sistema Solar interior, el calor del Sol evapora los materiales helados que lo componen, y las partículas de polvo atrapadas en el hielo quedan liberadas. El vapor y el polvo forman una especie de atmósfera neblinosa en el cometa (la cabellera o coma), y lo convierten en un objeto grande y deshilachado. El cometa Halley, cuando está helado por completo, puede tener sólo 2,5 kilómetros de diámetro. Al pasar junto al Sol, la neblina que constituye en conjunto llega a los 400.000 kilómetros de diámetro, adquiriendo un volumen que es más de 20 veces el del gigante Júpiter, pero la materia de la neblina está tan tenuemente esparcida que sólo es un vacío neblinoso. Procedentes del Sol existen unas pequeñas partículas, menores que los átomos, que corren en todas direcciones. Este viento solar alcanza a la neblina que rodea el cometa y la barre hacia atrás en una larga cola, que puede ser más luminosa que el mismo Sol, pero cuya materia es aún más débilmente esparcida. Naturalmente, esta cola tiene que señalar hacia la parte contraria al Sol durante todo el tiempo, tal y como Fracastorio y Apiano señalaron hace cuatro siglos y medio. A cada paso en torno del Sol, un cometa pierde parte de su material, a medida que se evapora y se derrama por la cola. Llegado el momento, tras unos centenares de pases, el cometa, simplemente, se desintegra en el polvo y desaparece. O todo lo más, deja detrás un núcleo rocoso (como el cometa Encke está haciendo) que, eventualmente, sólo parecerá un asteroide.
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